miércoles, 13 de julio de 2011

Las Gracias Del Matrimonio.

En el matrimonio o cuando contraemos matrimonio ademas de contar con la bendicion de Dios, contamos con la  presencia en cinco gracias específicas:



1. La gracia de la unidad
Nadie como una pareja conoce lo distintos que somos los seres humanos. La convivencia cotidiana nos permite reconocer los mil matices diferentes que distinguen nuestra propia aproximación al mundo y que nos llevan permanentemente a buscar satisfacer nuestras necesidades por caminos diferentes.
Sin embargo, de aquella opción inicial, sacramentada por Dios frente a la Iglesia, de "permanecer unidos hasta que la muerte nos separe" surge una fuerza misteriosa que va más allá de las diferencias, tentaciones y caídas, permitiéndonos seguir unidos, buscando y trabajando por la cercanía, por sernos fieles.
Es la gracia de la unidad la que hace brotar en nosotros deseos de pertenecernos y nos permite ir creciendo en el aprendizaje de "ser de otro" y "contar con otro", a lo largo de los años.
Sólo así podemos ver y gozar de la individualidad de nuestra pareja como un don que enriquece la esencia de nuestra vida en común, llevándola a una dimensión que trasciende la suma de nuestras personalidades, manifestando el misterio de "los dos serán una sola carne". De manera profética, esta unidad desafía la visión contemporánea de la autosuficiencia y del antagonismo como motor del progreso, señalando más bien el camino del diálogo y la colaboración.
2. La gracia de la paternidad
También conocemos de los sacrificios, renuncias, esfuerzos con que vamos creando una manera y un lugar para acoger la vida de nuestra familia, donde aprendemos a compartir el cariño, a abrir al corazón a las necesidades de quienes buscan consuelo.
Hemos optado libremente por ser padres, dispuestos a no separar nuestro amor de pareja de la posible paternidad que le es inherente, y el Señor nos regala la gracia de la paternidad. Somos así de una manera muy especial co-creadores con Dios. El es el padre de todos y crea un mundo grande y hermoso, que en muchas partes hemos transformado en lugares de conflicto y dolor.
Pero la vida sacramental de la pareja va engendrando hijos, acogiendo amigos necesitados, y es una invitación interior permanente a donarnos sin medida para su bien. Vamos haciendo con el Señor la "tierra nueva", en la audacia de la renuncia a nuestra propia vida y comodidad, por el bien de los hijos que el Padre nos ha encomendado; y así ellos van aprendiendo a compartir y entregar su vida por otros, a crear espacios donde los hombres se encuentren en la verdad de sí, en la fraternidad y en la búsqueda y celebración de Dios.

3. La gracia de la elevación
Muchas veces nos sorprende la transformación que se opera en una pareja que al mirarse se transfigura ante nuestros ojos, desapareciendo las huellas de los años, los dolores, el cansancio. Los vemos en su "imagen y semejanza" al Padre y podemos admirarlos en la esperanza de ser vistos así por el Señor. Es que para aquellos que eligieron amarse en "salud y enfermedad", Dios ha reservado una gracia muy hermosa, la de la mirada profunda que eleva. Es el don de mirar al otro, penetrando hasta el fondo de su ser, donde se encuentra en su forma original, para ayudarlo a emerger; y así pueda llegar a ser la creatura que El hizo. Es el lugar donde se encuentra la humanidad del hombre con la divinidad de Dios.
Para gozar de esta presencia de Jesús en el interior de la pareja, vamos aprendiendo a estar con nosotros mismos y detenernos para entrar cuidadosamente, junto con el otro, en nuestros jardines interiores. Para esto necesitamos vencer nuestra ignorancia, timidez y superficialidad. Superar el temor a hacernos vulnerables. Aprender a ir más allá de las rutinas para buscar el misterio profundo del otro.
Al acoger la gracia de la mirada profunda, la pareja puede ir por el mundo reconociendo, más allá de las apariencias, la presencia de Dios en cada hombre y mujer, en cada situación; y, superando las oscuridades y conflictos, esto nos enseña a discernir.
4. La gracia de la irradiación
El compromiso libre de los esposos frente a la Comunidad de Iglesia es amar y respetar a su pareja. Permite que se derrame en ellos la gracia de la irradiación con la que se transparenta el amor de Dios a todos los hombres. Nos transformamos así, frente a la comunidad, en testigos del amor del Señor.
La pareja, al irse jugando por vivir la unidad, por crear un hogar que acoge, que abre sus ojos para ver en la profundidad del otro y de los otros, la obra del Señor, se va inundando de una delicada luminosidad que hace presentir el amor del Señor. Su vida de pareja va siendo una fuerza que atrae a otros. Es al ver a una pareja que se ama cómo los hombres pueden aprender algo del amor que Dios nos tiene. Santos son los hombres que saben amar y es en la donación total de uno por el otro que el Señor quiere hacer sentir su amor por cada hombre.
5. La gracia de la sanación
Peleas y reconciliaciones, heridas profundas con lentos y trabajosos reencuentros, son una constante en la vida de las parejas. Pero hemos elegido unirnos para toda la vida a otro ser, distinto y limitado, con una capacidad de amor que será siempre insuficiente para nuestros anhelos de absoluto.
Heridos y frustrados, necesitamos constantemente de la gracia de volver a empezar, la sanación. Es la presencia comprometida de Jesús la que restaura nuestras heridas. Cada vez que desilusionados tendemos a separarnos, a encerrarnos en nuestros dolores, lejos del gozo y la fecundidad, percibimos una misteriosa presencia que alienta y confirma nuestra voluntad de volver a partir junto al otro, de reencontrar en el perdón la capacidad de sobrepasar el propio dolor, para fijar la mirada, más amplia y generosa, primero en nuestra pareja y luego en tantos que han sido heridos. La historia de las parejas que optan por vivir sin sacramento va permitiendo que la capacidad de reconciliación se vaya expandiendo en el mundo de las desconfianzas y los conflictos, y crece así la desesperanza de un encuentro más amplio entre los hombres.
El casarse como cristianos, el recibir el sacramento, es un regalo pero también una opción. Las decisiones de permanecer unidos, ser padres, amarnos en salud y enfermedad, amar y respetar a nuestra pareja, para toda la vida, es necesario renovarlas día a día. Esto supone seguir el camino de Jesús. Supone creer y aprender a ser felices a su manera. Supone aceptar la invitación a vivir no sólo para sí y los suyos, sino a querer ser testigos, para los hombres de nuestro tiempo, de un amor real, vivo y presente del Señor por cada uno. No basta casarse para que haya sacramento, hay que elegirlo como un camino que toma toda la vida.
Sólo así podremos hacer ver con nuestro testimonio que la felicidad y la plenitud son posibles hoy, siguiendo el camino que Jesús y la Iglesia nos proponen.

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